AVISO: INCLUYE SPOILER
Me queda por ver capítulo y medio de la serie Fortitude, pero prefiero comentarla exactamente ahora. Lo que me falta, medio episodio 11 y todo el 12, es probable que, en lugar de cerrar la historia, abra alternativas para al menos una temporada más, como pasa casi siempre.
Por las dudas, escribo esta reseña ahora, a la mitad de un capítulo, con la expectativa de lo que puede pasar y sin revelar el final.
Ahora, que acaba de morir el Inspector Morton, el que pensé que iba a resolverlo todo.
La trama es muy buena, da para compartirla e invitar a verla a los que todavía no lo hicieron: un par de crímenes violentos e inexplicables, la posibilidad de algo muy extraño y todavía indefinido, personajes creíbles en un escenario increíble: Fortitude es un pueblito perdido en el Ártico, donde se conocen casi todos (aunque no íntimamente), donde casi todos tienen una historia turbia detrás y por eso se esconden en semejante lugar. Sólo que el lugar, en vez de cobijarlos y darles algo de paz, los embrutece y los vuelve peores de lo que eran.
Eso es lo que vamos viendo aflorar en los personajes al margen de la historia principal: eso es lo que provoca el alcoholismo del viejo Henry, lo que vuelve violentos a científicos respetables, lo que hace que un maestro de primaria se entretenga engordando a la novia que ya casi no puede moverse...
El más torturado es el sheriff Anderssen, el de la imagen. Antes de que empezara todo el lío, se decía que no podía saberse si Anderssen era un buen o mal sheriff, porque en Fortitude nunca pasaba nada. Durante toda la serie la incertidumbre es casi la misma: a veces parece verdaderamente malo y lo odiás, y después resulta que lo que hizo fue por una buena razón. Y después hace otra porquería.
Está enfermizamente enamorado de Elena, una ex asesina convicta que por supuesto no le lleva el apunte y tiene un romance con un tipo casado, en el peor momento posible.
En las historias de crímenes aberrantes en pueblos chicos, como en Broadchurch, el ambiente se pone espeso muy rápido. Los amigos de siempre empiezan a reprocharse cosas, los que no eran amigos ahora son directamente enemigos, sale a la luz quién se acuesta con quién, y muy pronto todos desconfían de todos. En Fortitude esto tardó mucho más, porque el lugar es tan inhóspito que la gente casi no hace sociales, y además muchos son científicos de paso, que no llegan a intimar con nadie. Sin embargo, la noticia de un probable virus contagioso ya se difundió, y la paranoia también empieza a ser parte de la trama.
Si un virus que cambia la personalidad de la gente convirtiéndolos en asesinos pudiera elegir el lugar para desarrollarse, elegiría Fortitude.
Al margen de todas estas cuestiones, dedicado exclusivamente a la investigación y dueño de una personalidad e inteligencia contundentes, estaba el inspector Morton.
Importado del continente, Morton no conocía ni se hacía amigo de nadie, al contrario: al primero que confrontó fue al sheriff local, el atormentado Anderssen. La tensión entre los dos policías empezó desde el primer momento, y nunca aflojó.
Sin ayuda de las autoridades de afuera, desconfiando de Anderssen a cada rato, todas nuestras esperanzas estaban puestas en Morton.
Liam, el chico que inexplicablemente asesinó a Stoddart y lo abrió en canal, continúa enfermo y catatónico. La doctora Allerdyce, atacada por su propia hija, está en una especie de coma con metamorfosis. Hay por lo menos un nuevo contagiado que ya atacó al ahora desaparecido Ronnie Morgan.
Anderssen sin duda mató al geólogo Pettigrew de una forma horrible.
Henry parece tener explicaciones, pero se ha retirado a morir a un lugar apartado del glaciar.
Hasta allá va a buscarlo Morton, sin avisarle a nadie, porque ahora cualquiera puede estar implicado.
Henry aclara varias cosas, pero sólo después de dispararle a Morton en el estómago.
La mancha roja sobre el hielo se hace muy grande, igual que el misterio de Fortitude, y Morton muere.

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