domingo, 23 de julio de 2017

El juego (1)



Mi nombre es Ivy Walker y vivo en la Aldea. La aldea no tiene un nombre, algunos la llaman El Refugio pero eso da la idea de que nos estamos escondiendo o defendiendo de algo, y eso no es totalmente cierto. Claro que el enorme bosque que rodea la aldea es peligroso, y que los Otros no nos permiten entrar en él. Pero este es un acuerdo que lleva muchísimos años, desde que mi padre decidió que nos instalaríamos aquí, y siempre se ha respetado de ambas partes. Nosotros no invadimos el bosque ni los provocamos y los otros (algunos también los llaman los innombrables) nos dejan tranquilos y no bajan al valle ni entran en la aldea. El bosque sí tiene nombre: lo llamamos el Bosque de Covington.

Vivimos en paz. Cada uno cumple su tarea en la comunidad, cada tanto el Consejo de Mayores se reúne por algún asunto de importancia, y los más jóvenes se dedican a pasarla muy bien. Pero en general todo es muy tranquilo.

Olvidé decirlo: soy ciega de nacimiento. Esto no me ha impedido cumplir mis tareas, al contrario. Trabajo más que cualquiera, cuido a los más pequeños y colaboro en todas las actividades que puedo. Y me divierto mucho: soy una gran corredora y puedo ganarle a varios de los muchachos. También creo que soy valiente, o acaso mi ceguera mi protege de los cambios entre el día y la noche.  A muchos no les gusta la oscuridad, y se encierran temprano en sus casas.

Noah le tiene miedo a la oscuridad, pero Noah le tiene miedo a muchas cosas. Es mi amigo especial. Papá dice que lo tocó un ángel al nacer y por eso permanecerá inocente para siempre. Yo sé que Noah no es como los otros muchachos, no puede hablar bien y se la pasa agarrándose a los golpes con la menor excusa. Es un joven nervioso, algo mayor que yo, pero creo que conmigo se porta mejor con otros, incluso me obedece siempre. O casi. No puedo cuidar de Noah tanto como quisiera, soy curiosa y quiero saber todo lo que está pasando en la Aldea. Quiero estar en todos las casas y talleres y trabajos, y hablar con todos y sentirme útil. Amo mi aldea, y no me dan miedo las criaturas del bosque. Aunque las respeto: se me ha inculcado ese respeto desde niña, no sólo por mi seguridad sino por la de toda la comunidad, y entonces no hay nada que discutir.

Yo haría lo que fuese por mi aldea.

Soy feliz aquí, y quisiera que nunca cambie.
Entre todo lo que no puede hacer, Noah tampoco sabe guardar secretos. Me ha contado algo que me preocupa. Dice que los chicos han inventado un juego para probar quién es más valiente. El juego consiste en llegar al límite del bosque (en la zona más despoblada que llamamos El campo de Nicholson) y ahí, sobre un gran tronco caído, uno se expone de espaldas mientras los otros hacen ruido.

Pero esto no es lo peor: nuestro color, el color que reafirma que el acuerdo con los innombrables sigue vigente y que lo respetamos, es el amarillo. Toda nuestra aldea tiene los postes pintados a amarillo, que repasamos a menudo, nuestros banderines y capas son de color amarillo intenso.

El de ellos es el rojo, y es nuestro color prohibido. No lo usamos y ni siquiera permitimos que las flores de ese color crezcan en la aldea: las extirpamos de raíz cuando vemos una. El rojo nos está vedado por el Acuerdo, y lo aceptamos sin ninguna duda.

Noah dice que los chicos usan capas rojas para el juego. Que se exponen en el borde mismo del bosque desafiando a las criaturas con el color que no debemos usar nunca. Como provocándolos a que salgan, como burlándose del acuerdo que tanto nos enseñaron a respetar. Lo bueno es que la mayoría se espanta en cuanto se quiebra una rama, según Noah nadie ha superado los cinco minutos que establece el juego.

Obligué a Noah a que me dijera el nombre de algunos de los chicos y aunque lo negaron al principio, terminaron confesando que alguna vez lo habían jugado, aunque más como entretenimiento que pensando que realmente algo iba a salir del bosque y atraparlos.

Sin embargo, Jimmy Stone me contó algo distinto. Se acercó adonde yo estaba, detrás de la herrería de Lucius Hunt (no sé por qué siempre ando revoloteando cerca de la herrería) y me pidió hablar a solas y con la condición de que no se lo contara a nadie más. Jimmy tiene dieciséis años, es de los mayores del grupo que todavía algunos consideran “niños”, y si bien es inmaduro, no es tonto ni mentiroso. Y estaba asustado de veras. Le prometí que no diría una palabra de lo que me contara.

-      - Has estado preguntando por el juego…
-      - Sé que algunos han estado haciendo algo peligroso, tienen suerte de que no haya pasado nada, o que alguno de los mayores se haya enterado.
-      - Yo no he vuelto a jugarlo desde hace dos meses... Realmente hay algo ahí, Ivy – sentí que se obligaba a continuar hablando – Algo extraño. Estoy seguro de que vi algo. Creo que todo lo que cuentan los Mayores es cierto.
-      - Jimmy…¿puedes contarme que pasó, qué viste?

Bajó la voz hasta convertirla en un susurro apenas audible. Supe que estaba reviviendo el momento casi físicamente. Dijo que se había sumado al juego por una apuesta, que pensó que cinco minutos pasan enseguida y que además ya había rehusado en dos ocasiones y Finton Coin comenzaba a llamarlo cobarde, aunque ninguno de ellos había resistido el tiempo establecido: salían huyendo enseguida y luego bromeaban hasta que se iban a sus casas. Sólo eso. Pero si Jimmy ni siquiera participaba se exponía a las burlas de los otros, de manera que hacía quince días habían participado. Finton Coin fue el primero y duró casi tres minutos. Incluso sobre el final había comenzado a gritar “¡Vengan por mí!”, “Los estoy esperando”cosas por el estilo. Parecía que iba a lograrlo, cuando apenas a unos metros dentro del bosque un árbol entero se partió. El tronco se partió por la mitad haciendo un ruido espantoso, y Finton se bajó corriendo de su propio tronco. Los otros también iban a correr, pero algo hizo que Jimmy los detuviera todavía un momento.

-     -  Eh, un tronco se ha partido, no es gran cosa, les dije. Me sentía extrañamente calmado, como si el miedo de los otros me diera valor. Es más: quería ir en el próximo lugar y estaba seguro de lograrlo. Sentí que era mi oportunidad. Y entonces llegué a ver lo que había partido el árbol de aquella manera.

El resto del relato continúa bajo mi promesa a Jimmy de guardar el secreto. Aunque no creo poder mantenerla demasiado tiempo. Hoy ha aparecido un gran perro muerto y despellejado cerca de la escuela. Los niños lo han descubierto. Eso es muy adentro, casi en el centro de nuestra aldea. No fue simplemente arrojado desde el bosque, fue colocado ahí. Para que los niños lo encontraran y se lo comunicaran a su maestro, mi padre, Edward Walker. El fundador de la aldea y principal miembro del Consejo. El que estableció el pacto con los moradores del bosque.


El perro estaba enteramente pintado de rojo.

(1) A pesar de la aparente muerte de los blogs que no hablen de cosas muy específicas o que expliquen como hacer una torta, me sigue pareciendo solamente pereza de los lectores a favor de las redes sociales, donde en general no se encuentra más que basura. Y los blogs me siguen pareciendo un espacio íntimo, y a la vez público, de compartir cosas interesantes o por lo menos originales.

Estoy intentando pasar "La Aldea", la película de Shyamalan, a texto, pero no en forma de novela, sino siguiendo el ejemplo de Bradbury con "Crónicas Marcianas": el quería escribir cuentos y lo obligaron a hacer una novela. Entonces "inventó" este formato donde cuentos separados van uniendo una historia completa.

En mi caso (quizás la parte verdaderamente divertida) he inventado situaciones que no existen en la película, pero que la complementan o simplemente no la desvirtúan: podrían ir perfectamente en una remake.

En fin, la idea es un cuento semanal solamente sobre la Aldea. Veremos cómo resulta y hasta dónde podemos llegar.



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